La pastelera sexy

08.04.2019


En post anteriores algo he mencionado sobre el montón de cambios que decidí hacer en mi vida un año atrás; uno de ellos, quizás de los más importantes y trascendentales fue decidir volver a pensar en mí, tanto a nivel emocional como físico.


Luego de varias historias vividas en diferentes ámbitos de mi vida, comencé a descuidarme y no se bien en qué momento empecé a subir y subir y subir de peso. Varios episodios de estrés y ansiedad hicieron variar mi peso pero nunca hacia abajo, siempre hacia arriba, y aunque sabía que estaba ‘gordita’, al verme en el espejo no percibía que mi sobrepeso fuera demasiado.


Mi antes y mi después: una decisión de bienestar

Quizás como un mecanismo de defensa, mis ojos le decían a mi cerebro que estaba ‘rellenita’ pero no ‘gordita’, y le huía a la báscula quizás también para protegerme de la realidad. Luego de retomarme a mí misma como prioridad, a la par de mi decisión de lanzarme a este mundo pastelero, decidí también empezar a adelgazar porque si inevitablemente iba a vivir entre azúcar y harina, debía mantenerme bien para no permitir que esto se convirtiera en obesidad y en un problema mayor de salud.


Fue ahí cuando me enfrenté con la báscula y me dijo en mi cara la cruda verdad… pero no era una opción ponerme a llorar, había que actuar y la buena noticia es que aún el sobrepeso no me había cogido tanta ventaja.

En la intimidad de mi hogar comencé a bailar (todas las noches entre media y una hora) y eso fue como una gran revelación, también había olvidado cuánto me gusta bailar y esa era una forma deliciosa y divertida para comenzar con mi plan.


Luego decidí reemplazar mi última comida del día por fruta con granola y yogurt light... hice eso durante 1 mes y efectivamente comencé a bajar de peso… 3 kilos en el primer mes era una pequeña victoria que se convirtió en un motorcito que me disparó hacia una nueva meta.


En ese punto no podía seguir sola, debía asesorarme para no hacerle daño a mi cuerpo por empezar a crear hábitos que quizás no serían del todo saludables. No sabía si perder peso a ese ritmo era bueno o malo, así que empecé un proceso con una nutricionista.


La primera sorpresa fue descubrir que no estaba bien comer granola todos los días por su alto contenido de azúcar, tampoco era buena idea consumir fruta en la noche ni comerla mezclada porque estaba incrementando, sin darme cuenta, la ración adecuada.


Me dio una dieta basada en mis hábitos de vida y me puso una meta, sin presión de tiempo, solo con parámetros de kilos mes, lo cual fue muy bueno porque no quería frustrarme si no cumplía el objetivo en un rango de tiempo determinado. A mi edad ya no es tan fácil bajar de peso, pero con juicio, rigurosidad y con el pleno convencimiento de que lo iba a lograr, los resultados comenzaron a verse.

Perdí 20 kilos en 8 meses. Hoy me siento saludable, orgullosa de mí y hasta me quité varios años de encima.

Uno de los principales errores que cometía es que no desayunaba, desde niña nunca fui muy amiga del desayuno en realidad… me daban horas tratando de terminar y hasta se me juntaba con la hora del almuerzo. Nunca le hallé el gusto y por eso ya de adulta dejé de hacerlo, a pesar de que todo el mundo me decía siempre que el desayuno es la comida más importante del día.


Ese fue quizás el factor de la dieta que más trabajo me costó: pasar de no comer nada en las mañanas, a tener que tomarme el tiempo de preparar un buen desayuno y de sentarme a consumirlo sin presiones; pasar de nada a un café, dos galletas de soda, un huevo y una porción de fruta sin falta cada día. Pasar de no consumir nada en el día a tener que llevar siempre en mi bolso una fruta o maní para comer a media mañana y a media tarde. Pasar de comer mal 2 veces al día a comer bien 5 veces al día.


Es impresionante el efecto que todo esto tuvo en mí, en mi cuerpo, en mi salud, en mi energía, en mi vitalidad y en mi felicidad. Me hice a mi misma la promesa de estar mejor para sentirme mejor y me cumplí, al cabo de 8 meses perdí 20 kilos y hoy me siento saludable y orgullosa de mí.

Alguna vez le escuche decir a un chef que no hay que creerle a un pastelero flaco, porque eso significa que no prueba lo que prepara, pero yo puedo dar fe de que se puede. Yo todo lo pruebo para poder brindar productos exquisitos.


Hace un tiempo, una de mis clientes -que me conoció ‘gordita’- me hizo un pedido; habían pasado varios meses después de iniciar mi proceso y cuando me vio se sorprendió mucho y empezó a llamarme “la pastelera sexy” (jejeje). ¿Se puede entonces ser pastelera y sexy a la vez? Ahora creo que sí.

¿Se puede entonces ser pastelera y sexy a la vez?

No por el hecho de preparar tantas delicias, debo llenarme de ellas. Las degusto, las disfruto pero transfiero el deleite de las porciones completas a quienes gozan de ellas como pequeños placeres para celebrar la vida.


La pastelería es un motivo de alegría, y como todo en esta vida, debe disfrutarse con moderación pero sin remordimientos.

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