Pastel de bodas veinte años después

28.11.2021


Esta es la historia de un pastel de bodas que la novia nunca probó… y en esta ocasión pude ser cómplice para que ella pudiera degustarlo casi dos décadas después.


Hace unos días estuve en uno de mis increíbles viajes pasteleros, esta vez el destino era San Antonio, en Texas. Se trataba de un plan con mis amigas de la infancia, con quienes compartí mis años de colegio.


Desde que descubrí que una de mis formas de demostrar amor es hornear, decidí crear mi propio kit pastelero de viaje para entregar todo mi Amor de Dulce a donde quiera que vaya. Compartir con ellas luego de tantos años sin estar juntas, era una ocasión perfecta para hornearles algo, y sí que resultó especial.


Una de ellas hizo una solicitud particular, quería que preparáramos la famosa y tradicional torta de novia, un pedido extraño, pero con todo el sentido porque había una buena historia detrás.


Esta torta tendría una misión especial. La boda de su hermana tuvo lugar hace unos 20 años; por diversas circunstancias, los novios, en su papel de anfitriones, no tuvieron tiempo de probar la torta, de modo que guardaron un buen trozo para disfrutarla al regreso de su luna de miel.


En efecto viajaron, y mientras ellos estaban ausentes, la familia tuvo por esos días una reunión. Mi amiga, con el ánimo de atender a la visita y pensando en que la torta que habían guardado se podría dañar, con todo el cariño la sacó y la repartió entre los invitados, ignorando el propósito que tenía la torta.


Al regresar, los novios se encontraron con la sorpresa de que la valiosa y tan anhelada torta había desaparecido para el deleite de los familiares que asistieron a la visita.


Era entonces esta la oportunidad de resarcir el error y hacer que por arte de magia apareciera la torta tantos años después… me pareció perfecto ser su cómplice en esta misión.


Hicimos la lista de ingredientes y compramos todo lo que logramos conseguir, pero claro, esa es una torta tan tradicional, tan nuestra, y además mi versión es una receta familiar muy especial que tiene sus secreticos, de modo que hubo algunos ingredientes que definitivamente no logramos encontrar… debimos improvisar, pero ahí es donde está la magia de este mundo pastelero.


Pusimos manos a la obra, trabajamos en ella durante una semana (normalmente me toma dos hacerla, pero no teníamos tanto tiempo), tratando de que quedara deliciosa para lograr sorprender a los novios (ahora esposos).


El reto no era hacer una réplica de modo que no la decoré, se trataba solo de lograr que pudieran degustar los maravillosos sabores, sentir esa mezcla sutil de especias, la explosión de texturas que aportan las frutas y las nueces, y el refinado sabor a vino tan inconfundible y característico de las tortas de boda más elegantes y tradicionales.



Llegó el momento de la verdad… el día de la entrega de la sorpresa, pero la más sorprendida fue mi amiga, porque su hermana ni siquiera recordaba el incidente… ¡que divertido! resultó siendo la reparación de un error olvidado que solo revivió con este detalle especial de resarcimiento.


Pero hubo otra sorpresa en esta historia y es que, hicimos no una sino 3 pequeñas tortas, una de ellas era justamente para mi amiga y su esposo (que no gusta mucho del dulce)… ella la guardó como un tesoro para comérsela cuando volviéramos de un viaje de 2 días que hicimos a una ciudad cercana, pero, la torta fue tan exitosa, que en nuestra ausencia, él resultó comiéndosela casi toda… esta vez la historia casi se repite… la tortica que ella había guardado, por poco desaparece, con suerte decidió guardarle el último pedazo.


Así es la vida… las historias van y vienen, se viven, se olvidan, se repiten, se recrean, se reconstruyen y son esos momentos, esos recuerdos, los que alimentan el alma y reconfortan el corazón.


Liliana y Anny, mis amigas y ayudantes en esta misión.

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